EL CONDE DE TORRE BERMEJA
Descendiente de una estirpe de aristócratas que durante siglos mantuvo vinculación con la corte regia, el conde de Torre Bermeja había heredado de su ilustre alcurnia una finca de solaz y recreo en las proximidades de la ciudad de Toledo.
Se trataba de una extensa propiedad, más de doscientas cincuenta hectáreas, ubicada en medio de un paraje tranquilo, surcada por un pequeño río y abundante en vegetación. Sobre un altozano, en el área norte de la quinta, se erigía un palacio con numerosas estancias y aposentos.
Al palacio se accedía a través de un portón flanqueado por dos columnas dóricas, encima del cual destacaba un escudo nobiliario, una corona condal, ambos esculpidos en mármol, y una inscripción con letras mayúsculas: "SEMPER PLUS", el lema de esta familia perteneciente a la alta nobleza por derecho propio, lazos de parentesco e inveterada tradición.
Frente al palacio se situaba una fuente ovalada con varios surtidores de donde manaba agua de forma continua. Y bastante cerca de dicha construcción palaciega se podían ver caballerizas, prueba de que los dueños previos, integrantes de la rama materna de su genealogía, practicaban con asiduidad la equitación. Durante su niñez -lo recordaba bien- el conde había visto a los tres hermanos de su madre participar en cacerías a caballo.
El plantel de empleados que atendían el palacio y la finca se componía de un mayordomo, tres doncellas de servicio, un chófer, dos jardineros y un guardián encargado de la vigilancia.
Mención aparte merece el hombre de confianza del aristócrata, su secretario personal, abogado de talento que había sido el primero de su promoción en la Facultad de Derecho de Harvard y compaginaba sus servicios al conde de Torre Bermeja con la dirección de una firma llamada "Magic Circle" de letrados y juristas internacionales.
Con respecto a la decoración interior del palacio, esta seguía una pauta en virtud de la cual debía prevalecer, como de hecho así ocurría, la búsqueda de comodidad y bienestar en detrimento de la ostentación, salvo en alguno de los salones. Había muebles y elementos decorativos de estilo vetusto y moderno, por norma general, combinados con acierto.
Formaban la decoración sillones y armarios, espejos con marco dorado, lámparas chandelier, mesas de nogal talladas, estanterías con libros encuadernados a la antigua usanza, cortinajes con borla, frescos pintados en los techos, retratos al óleo de antepasados, una colección de valiosos relojes, trofeos de caza, una cama con dosel en la alcoba principal, una armadura, tapices...
A cualquier persona mínimamente sensible a las bellezas del mundo natural le agradaría pasear por la finca del conde. El mismo noble lo hacía, de tanto en cuanto, pues hallaba complacencia en deambular por sus espléndidos jardines.
El paseante iba a encontrar dentro del recinto altísimos pinos, lilares de fragante flor y encinas de robustez y longevidad asombrosas, estatuas que representaban dioses y personajes de la mitología grecorromana, un par de puentes de ladrillo y piedra labrada que permitían sortear el río, un almacén de semillas y plantones, veredas ondulantes, una fuente de mascarón, un cenador...
Alrededor de toda la finca se levantaba una tapia de protección compuesta de ladrillo macizo y en algunas partes con refuerzos de piedra y otros materiales.
Un rasgo distintivo de esta heredad de los Torre Bermeja era la alternancia de zonas casi totalmente silvestres con otras que mostraban huellas de intervención humana, tales como huertos, plantaciones y rosaledas. Se producía una armoniosa combinación, muy grata a los sentidos, entre lo natural y lo artificial, entre el monte salvaje y jardines bien cuidados. Ese juego de espacios constituía uno de los factores que daba especial encanto a todo el parque.
En no menor medida, también confería magia y grácil belleza a la floresta la rica variedad de plantas, especies de árboles y tonalidades de verde que estaban muy bien incorporadas dentro de un conjunto sin estridencias. El paseante se deleitaba en el silencio apaciguador que envolvía toda la fronda, amenizado por las aves que a intervalos emitían leves trinos y gorjeos.
Cuando el clima se volvía benigno, tras los rigores de la época invernal, el conde acudía casi todos los años a la finca en compañía de su familia para descansar de sus ocupaciones habituales.
Aquellos períodos de reposo y quietud en un entorno natural otorgaban al conde más tiempo libre para pensar. De un tiempo acá, venía acariciando en la mente de manera secreta la idea de aumentar su riqueza patrimonial. La tradición secular de la familia añadida a su temperamento, de por sí ambicioso, le impulsaban en esa dirección.
En momentos de bastante recogimiento y sosiego, el noble comenzaba a divagar y, paulatinamente, sus pensamientos se iban deslizando hacia otro ámbito. Había entrado en el ámbito de las ensoñaciones y en ellas aparecían escenas en las que contemplaba medio ensimismado cómo su familia recuperaba el esplendor que tuvo antaño.
El condado de Torre Bermeja en dichas recreaciones mentales era enaltecido y todas las metas del aristócrata se mostraban ya cumplidas a cabal satisfacción. Bajo ese estado ensoñador, desfilaban ante los ojos de su imaginación una serie variopinta de personas, escenarios y figuraciones que cobraban apariencia de vida, adquiriendo como por arte de ensalmo color y movimiento. Las imágenes eran tan nítidas que el propio conde quedaba perplejo.
Un mayor estatus económico, más acorde con su destacada prosapia, reforzaría su posición social y, sin duda, pondría al alcance de su mano más posibilidades e influencia en todos los sentidos. El titular del condado de Torre Bermeja tenía la aspiración de desempeñar cargos y dignidades de prestigio, asociados a sus correspondientes prebendas y, por supuesto, magníficamente bien remunerados con dinero procedente de las arcas estatales.
Por añadidura, un elevado rango económico le abriría las puertas de esferas de poder no sólo de carácter político sino también financiero y, con ello, el acceso a prebostes y dignatarios con quienes el aristócrata anhelaba codearse. Tenía muy presente las ventajas de entrar en determinados lobbies.
Al conde le importaba una higa la mala prensa de tales grupos, justificada o no, así como las acusaciones de opacidad, injerencias y abusos de poder que se vertían sobre dichos conciliábulos elitistas. Para sentirse atraído por ellos, le bastaba saber que desde esas élites, extremadamente influyentes, se manejaban los hilos y resortes del poder con mayúscula.
A menudo desde esas altas instancias supranacionales, sin sujeción a ninguna norma legal, se marcaba el rumbo a presidentes de países, a ejecutivos de empresas clave e incluso se condicionaban las decisiones geoestratégicas más importantes en el plano internacional a favor de ciertos intereses.
A sus parientes más competentes y dotados de astucia, sobre todo este segundo rasgo, les situaría oportunamente, conforme a lo previsto, en puestos de relevancia, por ejemplo, en consejos de dirección de empresas de fuste y, si era factible, en corporaciones multinacionales, con preferencia las dedicadas a la inversión de activos y la innovación tecnológica, lo cual contribuiría en último término, a la pujanza y encumbramiento de la Casa Condal.
Según el parecer del conde, la aristocracia nobiliaria era insuficiente si no iba acompañada de aristocracia financiera. El Conde de Torre Bermeja, siguiendo el ejemplo de otros nobles, a quienes conocía personalmente, pretendía en definitiva ligar los blasones al oro, de modo que su escudo familiar resplandeciera con renovado fulgor.
Cada vez que contemplaba el retrato de un insigne antepasado suyo en el gran salón de palacio emergían desde el fondo de su alma los deseos de ascenso. El conde quería para sí la misma prestancia y lustre que logró conseguir trescientos años atrás su más admirado ancestro: Don Álvaro Dos Sicilias, el Gran Conde de Torre Bermeja.
Fue Don Álvaro señor con facultad jurisdiccional sobre un vasto territorio que incluía una fortaleza de origen medieval, un sinnúmero de villas y feraces campos de labrantío. En aquella época, el "Gran Conde" -como se le conocía- fue honrado por el rey con el nombramiento de ministro de su majestad, embajador plenipotenciario y, para terminar su carrera, a modo de brillante colofón, gobernador militar. Esa y no menos era la altura donde el aristócrata había situado el listón sus ambiciones.
Para lograr sus objetivos, urdió un plan minucioso con la colaboración de su secretario personal y sin el menor titubeo, lo fue llevando a cabo, paso por paso. Primero, el secretario personal del conde acordó un encuentro entre el aristócrata y el alcalde de la ciudad de Toledo. Esta reunión no debía constar en la agenda oficial del regidor y se llevó a efecto en un enclave discreto fuera de los confines de la provincia toledana.
Aun siendo varón diestro en el arte de la retórica, el conde no tuvo necesidad de desplegar en la conversación sutilezas persuasivas. Sin apenas esfuerzo, logró convencer, o más bien sobornar al alcalde, quien no presentó objeción alguna, para que convirtiera doscientas quince hectáreas de la magnífica quinta en terreno urbanizable.
A cambio de esta operación de recalificación de suelo, el conde de Torre Bermeja estaba dispuesto a donar, "generosamente", después de su muerte el espacio restante de la finca, a saber, unas cincuenta y hectáreas al Consistorio de Toledo, para que se transformaran en parque público.
La noticia de este convenio circuló con presteza por los mentideros de la urbe toledana y, después, adquirió repercusión a escala provincial mediante canales televisivos, periódicos, gacetas y páginas web de noticias.
Tanto el edil como el aristócrata fueron vivamente elogiados en las noticias, a tal punto laudatorias que mas semejaban panegíricos que información periodística. A la máxima autoridad del Ayuntamiento se le describía como un político honesto y sin doblez que procuraba en todo momento el bien común, movido por un ánimo sincero de favorecer el pueblo.
Por su lado, el conde de Torre Bermeja era presentado ante la ciudadanía como un prócer investido de excelsas virtudes, modelo de civismo y digno de ser imitado. Y todavía más: un benefactor cuya esplendidez y altruismo quedaban plasmados en la donación de un parque al Ayuntamiento y, por consiguiente, al conjunto de los agradecidos habitantes de Toledo.
Detrás del telón y a hurtadillas, se pusieron todos los medios para soslayar escándalos. Hubo orden de bloquear información "delicada" con el fin de que que no pudiera llegar -según la óptica del aristócrata, claro está- a periodistas chismosos e impertinentes, detectives policiales interesados en demasía por asuntos ajenos que no eran de su incumbencia o fiscales cuyo entendimiento se hallaba nublado por un excesivo celo profesional, ¡menudo tostón!
Puntos cruciales del convenio nunca llegaron a tener asiento en ninguna página del mismo. A las pocas semanas del encuentro y siguiendo las directrices indicadas por el alcalde, los arquitectos municipales en colaboración con expertos en urbanismo comenzaron a elaborar un Plan en Ensanche para la otrora capital de Reino Visigodo. A tenor de este proyecto, la ciudad de Toledo debía expandirse precisamente hacia la zona del extrarradio donde se hallaban los terrenos propiedad del conde.
Transcurrió el tiempo y un lustro después de la muerte del conde, llegó por puro azar a oídos de un periodista residente en Talavera de la Reina y especializado en temas y reportajes de economía un singular rumor. En una taberna del casco viejo de Toledo había un cliente, ya retirado, que decía haber trabajado como jardinero en la finca del conde y hacía comentarios sobre una fabulosa fortuna.
Tales comentarios captaron el interés del periodista y, tras unos días de búsqueda, localizó al antiguo trabajador de la quinta, con quien mantuvo una charla. En el transcurso de la misma, el jubilado amplió la información, aportando nuevos datos y pormenores.
El jardinero relataba que durante un paseo que el conde de Torre Bermeja estaba dando por el jardín con un amigo suyo, caballero de porte tan distinguido como el del propio conde, oyó involuntariamente, detrás de un seto, cómo el conde con semblante ufano y lleno de jactancia, contaba a su acompañante que había realizado una operación especulativa de gran magnitud, maravillosamente rentable, a consecuencia de la cual consiguió hacerse con un inmenso caudal de dinero.
Tomando por base los testimonios de aquel jardinero, el periodista dio inicio a sus investigaciones. Su primera tarea, como es lógico, fue cerciorarse de la veracidad de las palabras pronunciadas por el ex jardinero. Si eran ciertas o había indicios consistentes de que lo fueran, seguiría adelante con sus pesquisas.
Comprobó, tal y como afirmaba el jardinero, que el capital del conde había experimentado un aumento enorme en la época inmediatamente posterior a la firma del convenio entre el noble caballero y el Ayuntamiento.
El investigador dedicó muchas horas a consultar periódicos de años anteriores en la Hemeroteca, revisar los libros con las actas de la Asamblea Municipal de Toledo, examinar los contratos de recalificación de suelo aprobados por el entonces alcalde y entrevistarse con empresarios de la construcción que habían desarrollado su actividad en la provincia toledana. En caso de que hubieran fallecido, se ponía en contacto con sus hijos o viudas.
Fue recopilando de este modo un volumen muy notable de información, extraída de diversas fuentes. Con paciencia, para no cometer los errores que suelen derivarse de la precipitación, contrastaba los datos obtenidos y los analizaba cuidadosamente, por si acaso hubiera en ellos contradicciones, incoherencias, lagunas, falta de documentación u otro tipo de pruebas para sostener determinadas afirmaciones.
A medida que sus indagaciones avanzaban, el número y gravedad de las dificultades que iban apareciendo aumentaba de manera ostensible. Pistas falsas, casi con seguridad colocadas adrede por una mano misteriosa, documentos custodiados en el Archivo Municipal de Toledo a los que no pudo acceder debido a requisitos burocráticos imposibles de cumplir, también recibió watsapps y llamadas telefónicas amenazantes... En resumen: un sin fin de escollos.
Pese a esta sucesión de obstáculos y trabas administrativas, el periodista nunca cejó en su empeño. Para él y en coherencia con su escala de valores, la búsqueda de la verdad estaba por encima de barreras o contrariedades, cualquiera que fuese su naturaleza.
Lo que más le dolió en las fibras del corazón y en su orgullo profesional de periodista con años de experiencia fue el veto impuesto por los directores de periódico, algunos de ellos compañeros suyos cuando siendo jóvenes estudiaban en las aulas de la facultad de periodismo; entre estos directores incluso se encontraba alguien a quien consideraba quizás erróneamente un buen amigo.
Era obvio que los directores de periódico se habían confabulado para prohibirle publicar noticias referidas explícita o veladamente al conde de Torre Bermeja, la quinta que fue de su propiedad, el ex alcalde, el convenio, tramas ilícitas o un hipotético enriquecimiento fraudulento, tanto por parte del señor conde como de algún otro miembro de su eminente familia. ¿Y qué alegaban los directores de los rotativos para impedirle publicar los resultados de su investigación? Que era una historia inverosímil, muy difícil de creer y, además, desafiaba la lógica.
Después de un año de trabajo recopilando datos así como analizándolos con esmero: su grado de relevancia y de certeza, sus conexiones, etc., llegó el momento de atar cabos y sacar conclusiones bien fundamentadas.
Un concienzudo estudio de toda la información reunida le condujo a la siguiente conclusión: El conde de Torre Bermeja por la venta a distintas empresas constructoras de ciento siete hectáreas de su quinta, cuya consideración legal el ex alcalde había cambiado, mediante pacto oculto entre ambos, de rústicas a edificables, multiplicando exponencialmente así su precio, había obtenido en torno a mil ochocientos millones de euros, una suma ciertamente astronómica.
El periodista intentó en vano entrevistar al ex alcalde, pero este político ni siquiera residía ya en España. Como máximo, el investigador consiguió descubrir, no sin sudor y esfuerzo, que el ex corregidor de Toledo estaba afincado en una Isla del Archipiélago de las Bahamas, donde llevaba una vida principesca, rodeado de lujos, placeres de todo jaez, restaurantes de postín, trajes carísimos, vehículos de alta gama, fiestas exclusivas, yate privado... Sin embargo, fue de todo punto imposible determinar su paradero con precisión: la isla, ciudad y dirección concretas donde habitaba, disfrutando y presumiendo de un elevado estándar de vida.
Aunque se comportaba como un sibarita para quien vivir equivalía a un festín de múltiples diversiones y deleites, el antiguo edil guardaba dentro de sí un impedimento que ensombrecía el gozo en plenitud de su nueva vida. El ex alcalde, que procedía de una familia muy modesta, siempre había envidiado intensamente al conde por numerosas razones.
Ese estilo de vida lleno de privilegios, los dos palacios que poseía, uno particularmente suntuoso, la opulencia de su familia, los servicios que su egregio abolengo había prestado históricamente a la Corona, el figurar entre lo más granado de la sociedad, su pulcritud en el vestir, la exquisita cortesía, el empaque y seguridad en sí mismo... No únicamente le envidiaba por sus condiciones materiales, también sentía celos de la excelencia del conde.
La vida del ex alcalde era la antítesis de la suya. Nacido en una aldea casi deshabitada, dentro del seno de una familia de extracción humilde, sin recursos económicos y, para empeorar las cosas, huérfano de padre a los cinco años, su madre se vio empujada a pedir ayudas a la beneficencia.
Sus recuerdos dibujaban casi siempre una estampa de colores lúgubres: estrechez y penurias, continuos sacrificios en pugna contra la adversidad, trabajando y estudiando a la vez, de joven alojado en fondas de baja estofa, donde tiritaba de frío... una situación que sólo mejoró hasta cierto punto cuando, ya pasados los cuarenta años y tras ser concejal una legislatura, fue nombrado alcalde de la ciudad de Toledo, capitaneando una coalición de formaciones políticas denominada: "Avance Popular".
La diferencia entre ambas vidas era abismal y, según él, tan clamorosamente injusta, que esa indignación fue alimentado en su interior durante años sentimientos de envidia. Sentimientos soterrados e inconfesables -no se los transmitió a nadie jamás-, una extraña y densa mezcolanza de recelo, animadversión y sordidez. Algunas veces, ese resentimiento, que el mismo consideraba mezquino, incluso le hacía sentir bastante mal, ya que experimentaba vergüenza por ser así.
El resquemor persistente y poco menos que invencible, como indica la expresión coloquial, le aguaba la fiesta con cierta frecuencia. A este problema se añadía otro, también de índole psíquica: el ex alcalde era incapaz de asumir que su fortuna y status económico presentes se lo debía casi por completo al hombre por el que sentía un acentuado rencor.
Por supuesto, había acortado distancias con respecto al conde y se había aproximado un tanto al estrato social al que pertenecía el aristócrata, había podido costear una mansión lujosa en la isla, ya no necesitaba trabajar, parte de su peculio lo invertía con ayuda de asesores en paraísos off-shore, lo cual le proporcionaban pingües ganancias y se relacionaba habitualmente con personas pudientes, pero a pesar de todo ello, superar aquella envidia de honda raíz que sentía por el conde de Torre Bermeja parecía un reto superior a sus fuerzas.
Proyectando una mirada reflexiva hacia el pasado, tampoco en la biografía del conde había sido todo maravilloso: una sucesión de éxitos y logros alcanzados, como pudiera pensarse tras una primera impresión. Embebido como estaba en una carrera sin fin hacia la obtención de cotas cada vez mayores de poder, el conde jamás fue realmente consciente de que se hallaba atrapado en un tipo de obediencia ciega que suponía un menoscabo de su libertad.
Había entregado sus afanes, su espíritu y gran porción de su tiempo vital a la insaciable avidez de poder. Por esta razón, se había convertido en un ser, en cierto modo, privado de voluntad, sometido a los dictados y condicionantes de su pasión por conseguir más poder y dominio, a cualquier coste. Aunque su orgullosa altivez nunca le habría permitido reconocerlo, el aristócrata se encontraba de manera irremisible bajo los efectos del magnetismo subyugante que sobre ciertos seres humanos ejerce el poder y todo cuanto lo rodea.
En lo concerniente al tenaz periodista, éste había seguido con sus investigaciones y los datos recopilados arrojaban luz sobre la lista de beneficiados de aquella colosal operación de recalificación de solares. No fue el antiguo edil el único en percibir la lluvia áurea de premios y recompensas concedidos por el aristócrata a los cooperadores que intervinieron en la operación especulativa. Al parecer, el señor conde -alguien lo comentó- detestaba la palabra "cómplices", que se le antojaba plebeya y malsonante y por ello prefería decir "cooperadores".
Cada uno de los concejales de la coalición de partidos que ostentaba el poder a la sazón en la Asamblea del Ayuntamiento, recibió en pago a su colaboración un chalet recién edificado en una urbanización moderna y muy confortable, circundada por amplias zonas ajardinadas y bosquetes de pinos. El complejo residencial estaba equipado con piscina olímpica, polideportivo, un club náutico en plena campiña idílica con un puerto a la orilla a un lago donde se practican deportes acuáticos y también contaba con un supermercado de marca alemana, un mesón-restaurante galardonado por la calidad de sus platos, la sede de un banco y seguridad privada 24 h.
De forma unánime, los concejales de marras se dieron de baja del sindicato en el que que estaban inscritos. Varios entre ellos, que eran destacados líderes de esa organización sindical, olvidaron por completo las soflamas encendidas, la retahíla de consignas vociferadas a coro, las quejas y demandas, la denuncia de tropelías e injusticias que brotaban en los discursos que ellos mismos, en tono indignado, cuando no exaltado, pronunciaban puño en alto ante los trabajadores en el transcurso de las jornadas de huelga, mítines y enfrentamientos con la policía...
Era verdad que en las ocasiones en que se producía un cruce fortuito por la calle o en otros lugares entre socios del sindicato y sus antiguos dirigentes, se desataba enseguida la tensión. Los obreros, sabedores de que el súbito enriquecimiento de de aquellos líderes sindicales sólo podía explicarse por hediondas corruptelas, aprovechaban el encontronazo para increpar, lanzar contra ellos durísimas acusaciones y reproches e insultarles, a voz en grito, espetando una ristra de soeces improperios a quienes tachaban de traidores. Mas tales altercados, por desagradables que fueran, no enturbiaban en modo alguno el sueño nocturno de los anteriormente jefes sindicales.
Absolutamente nada había quedado de aquel solemne juramento por el cual los lideres sindicalistas, en otro tiempo fervorosamente leales a la causa obreril, se comprometieron a defender los intereses de los trabajadores, la capa social de la que provenían originariamente los propios representantes del movimiento obrero. Dicha promesa se esfumó en el aire, como las volutas de humo que desprenden las varillas de incienso.
Desde que recibieron en mano las llaves de los chalets, estos ex concejales también dejaron de militar en el partido político de corte laboralista y reivindicativo con el que ganaron las elecciones municipales a la alcaldía de Toledo y, en lo sucesivo, adoptaron una actitud displicente hacia las cuestiones laborales y la política en general. Estos asuntos, una vez bien instalados en un ambiente social acomodado, ya no les provocaban sino bostezos, pues para ellos eran sólo temas baladís que resultaban prosaicos e insufriblemente tediosos.
Parientes de la familia del conde, que también eran herederos de parte de aquella descomunal fortuna de origen ilícito, dado el respaldo de los contactos, el asesoramiento legal del secretario, los buenos oficios y la sagacidad del conde, como cabía esperar, alcanzaron con el tiempo cimas de poder transcontinental, formando así parte de las élites globales que tanto habían fascinado durante su vida al conde de Torre Bermeja.
Sin embargo, hubo un imponderable o fleco suelto, como se prefiera, que no figuraba por ningún lado en la cuidadosa planificación del aristócrata y de su secretario: un jardinero con buen oído agazapado detrás de un arbusto. Un sencillo jardinero se había convertido en la clave que contribuyera decisivamente a derrumbar el imponente edificio de poder levantado a lo largo de años mediante turbios manejos por el conde y sus familiares.
Si llegara a saberse algún día públicamente la manera en que el conde había conseguido una parte muy significativa de su fortuna, la primicia provocaría un auténtico seísmo en la sociedad, ya que la Casa Condal Torre Bermeja era muy conocida tanto a nivel local como internacional y el caso de corrupción también implicaba de lleno a sus herederos, a un partido político, un sindicato y hasta un buffet de abogados multinacional.
A pesar de los pesares, prohibiciones, zancadillas y amenazas, el periodista no se rindió y de hecho estaba preparando un libro sobre la corrupción de varios miembros de la familia Torre Bermeja que iba a publicar una editorial independiente, burlando así el veto y férreo control que le habían impuesto en los medios de comunicación convencionales.
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